Las marchas de los orígenes. Correo
Profesionales

Sobre la fundación del magisterio.

¿Quiénes son los docentes? ¿Qué tipificaciones se han construido alrededor de ellos? ¿Qué rasgos vinculados con la docencia perduran a través de los años? Los docentes: ¿apóstoles, trabajadores de la enseñanza, misioneros, profesionales de la educación?

ENTRE EL PASADO Y EL PRESENTE

Acudamos a las palabras dichas por una docente:
"La comunidad certifica su título pero su vocación es un don divino que no se adquiere. Se descubre, se siente, se vive. La labor docente (...) es una misión, la tarea más hermosa y desinteresada porque lleva el signo imperecedero del sacrificio y la renunciación. Vida que significa consagración total en aras del bien y la verdad. Existencia ennoblecida por la fragua del trabajo y el esfuerzo. "

¿CUANDO FUE CONSTRUIDO ESTE RELATO?

Una cuestión es acercarnos al fechado del discurso y otra es comenzar a revisar cuándo comenzó a construirse esa narración.
En las palabras se advierte el hacer de enseñar como un llamado divino, innato, atravesado por el sacrificio, el esfuerzo, la renunciación y desinteresado de lo económico.
Si bien en la actualidad coexisten distintos discursos respecto del hacer docente, revisaremos como se construyeron históricamente los rasgos subrayados, las marcas, que abonaron a la identidad profesional de docentes de diferentes generaciones.
Eduardo Galeano en el Libro de los abrazos, relata una historia en la que una mujer canta y cuenta historias. La mujer viste una pollera inmensa llena de bolsillos, de ellos saca papelitos. En cada papelito hay una historia para contar, una historia de fundación y fundamento.
Como la mujer que relata Galeano, sacaremos algunos papelitos y contaremos historias de fundaciones y fundamentos.


UN TRAYECTO HACIA LA HISTORIA

En este escrito y en escritos siguientes seguiremos el camino de la historización.
Se parte de pensar que las prácticas y discursos docentes, en tanto sociales, pueden ser explicados desde la historicidad. Por eso seguiremos un trayecto que implica (en principio) remontarnos a las prácticas de la enseñanza que estaban vigentes en el siglo XIX, para continuar con la posterior institucionalización de la docencia. Nos acercaremos a una reconstrucción (siempre provisoria y parcial) de la génesis del magisterio que nos posibilitará de-construir lo que hoy aparece "naturalmente" ligado a al profesión.
El recorrido no resultará siempre placentero, en el tejido de nuestra identidad como docentes descubriremos hebras ideológicas: "Nuestra añoranza de un lugar de saber sin carencia nos coloca en lo que Kaes define como "posición ideológica": sujeción a una idea, un ideal, a un ídolo que nos proteja ilusoriamente de la castración (...). Lo absoluto de la posición ideológica es sobre todo, la ilusión de un enunciador omnipotente en tanto dueño del saber que pudiera encerrar todos los los sentidos" (Rojas y Sternbach; 1993).

SOBRE FUNDACIONES (SACANDO PAPELITOS)

Hasta la constitución del sistema educativo moderno, se desarrollaba una "pedagogía espontánea" (en el marco de relaciones sociales primarias) que era ejercida por docentes empíricos, dotados de un saber práctico adquirido por la experiencia.
La enseñanza de las primeras letras fue una tarea a cargo de las órdenes religiosas, de distintos organismos del virreinato o de profesionales libres.
Desde la segunda mitad del siglo XIX se desarrolló un proceso de estatización de la educación popular. El Estado, en el caso de los países latinoamericanos, fue el encargado de conformar a la sociedad civil. La intervención del estado en el desarrollo de instituciones de la sociedad civil, no fue consecuencia del desarrollo capitalista, sino más bien uno de los motores para que este pudiera desarrollarse. En nuestro país, un sector de élite local abogaba por más cultura y educación con vistas a obtener ciertas transformaciones socia les requeridas por el proyecto que se estaba conformando.
La construcción del estado argentino encontró en la educación una de sus herramientas básicas. La ley 1420 sancionada en 1884, creó un sistema de educación nacional de diferentes niveles, definió una política educativa cuyos puntos claves fueron la obligatoriedad escolar (alfabetización universal) y como corolario, una educación gratuita y laica".
La educación persiguió la universalización de normas y valores, herramientas para conseguir la homogeneidad cultural y social. El sistema público de educación fue el dispositivo por medio del cual el Estado desplegó su estrategia homogeneizadora, en procura de una identidad nacional que borrara las diferencias de una población heterogénea, integrada por extranjeros que se asentaron en distintos puntos del país'. "Había" que civilizar al sujeto desescolarizado, que era considerado un "primitivo", "bárbaro" y "salvaje" (¿era un sujeto?).
La escuela y los maestros debían cumplir una "misión" de corte civilizatorio: integrar y homogeneizar / igualar a la población de acuerdo a patrones ideológico-político y culturales dictados por los grupos hegemónicos.
El paso por la escuela garantizaba una lengua común, una identidad nacional y una forma de comportarse. La función que se le había encomendado a la escuela pública fue fundamentalmente de orden moral. Para dicha tarea, los maestros se constituyeron en agentes insustituibles de la civilización, por eso, la formación docente tuvo un lugar prioritario dentro del proyecto educativo.
El estado asumió la tarea de formar a los docentes a través de la creación de institutos especializados, también definió el tipo de formación y el acceso al ejercicio de la docencia. A través de las Escuelas Normales, se institucionalizó la formación sistemática, el puntapié comenzó con la Escuela Normal de Paraná".
Previamente a lo mencionado existieron distintas acciones para formar docentes, pero fue a partir del proceso de consolidación política de la llamada generación del 80, que se hizo posible formalizar la escolaridad obligatoria y gratuita y también la formación sistemática de docentes en el país.
El trabajo de enseñar se transformó en una profesión de estado, en la que se ingresaba después de recibir una formación específica en las escuelas normales que habían sido creadas para tal fin. El ejercicio de la docencia pasó de ser un asunto regulado y controlado por los propios maestros, a ser una cuestión de estado; las normas, las reglas y las formas de su ejercicio y aún su vida misma (el maestro debía observar un comportamiento acorde con la moral y las buenas costumbres, tanto dentro como fuera de la escuela) eran reguladas por él.
La mística normalista consistió en tomar las riendas de la transmisión del conocimiento con la finalidad de homogeneizar al sujeto social. A la normalización en la enseñanza le correspondía un saber normalizado dentro de paradigmas compartidos y con una epistemología que apelara a los hechos, a lo verificable, a lo repetible y, por supuesto, a lo no contradecible. La escuela normal estaba destinada a propagar las normas de la educación, así como a normalizar sujetos bajo determinados parámetros í". El positivismo en tanto "filosofía del orden", fue el gran sustento ideológico de este proyecto.
En la formación docente estaba desdibujada la función de transmisión de conocimientos, frente a la inculcación de valores morales. El maestro "debía" culturalizar a la población y esto se traducía en normas, valores y principios que el ciudadano debía aprender. Se buscaba que el maestro más que "instruir", formara el corazón de la niñez, generara ideas nobles e inspirara hábitos de orden y trabajo.
Se atribuyó a los docentes el lugar de ejemplo, de garantía del proceso de socialización y disciplinamiento llevado a cabo por medio de la escuela. El docente "moralizador" debía ser en-la escuela: ejemplo de conducta y modelo a imitar. Se requería para el docente que: "Entre ser buenos y sabios, lo primero es más importante" (Memoria 1883. Estado de Educación Común. Peía, de Buenos Aires).
La enseñanza quedaba investida de un carácter apostólico, era considerada una "misión" desinteresada de lo económico: "No seáis objeto de desprecio y de desdén convirtiendo un apostolado en un medio de tráfico económico" (Discurso a jóvenes graduadas 1892, citado por Alliaud; 1993).
El docente por su obra se asemejaba a los convertidores de almas. Humildad, entrega, sacrificio, desinterés fueron las exigencias para con los nuevos sacerdotes.
La exigencia de vocación , como cualidad natural, como llamado no racional, fue prioritaria dentro del formalismo y suponía explícitamente consagración y abnegación.
Aunque simbólicamente se le otorgaba a la enseñanza una jerarquía casi sacra, la recompensa material para quienes la ejercían tenía una relación inversa. El poco reconocimiento material y social, hacia la tarea de enseñar, se correspondía con el paradigma vocacionista - voluntárista; el sacrificio, la entrega, la humildad, eran los rasgos que posibilitaban algún tipo de elogio.


LA INTERROGACIÓN DE LAS NATURALIZACIONES

El surgimiento de la profesión docente estuvo enmarcado en un proyecto más amplio que fue el de integración y unificación nacional. La escuela nació para "convertir", "redimir", a un sector social considerado desadaptado respecto del proyecto de país puesto en marcha. La escuela nació con el destino misional de la inculcación de un nuevo mensaje. Los maestros, las maestras (básicamente) eran definidos/as como los apóstoles laicos de la gran cruzada para combatir la ignorancia.
Las notas precedentes dan cuenta de los rasgos que adquiere la docencia en el momento de su institucionalización. Esos rasgos identificatorios de los docentes en los orígenes, se hicieron también visibles en el discurso reciente del día del maestro, con el que se comenzó este escrito. Recorren más de un siglo los significantes: sacrificio, entrega, el amor (de madre), abnegación, desinterés económico, etc. Son las marcas de los orígenes.
La posición social del maestro se construyó atravesada por un capital cultural escaso y un capital económico de igual índole. Y también por el reconocimiento social de aquellos rasgos de "despojo" personal.
En tanto historia colectiva de un grupo, cada sujeto se convierte en su portador. Bajo la forma de estructuras interiorizadas, el pasado colectivo configura las prácticas y los discursos del hoy. El reconocer los rasgos asociados a momentos socio-históricos particulares, nos posibilitará cuestionarnos e interrogarnos sobre las "marcas docentes" naturalizadas.
Si vemos con "lentes" historizantes "viejas" ideas que se presentan naturalizadas en el paisaje cotidiano, construiremos el presente produciendo una ruptura, una apertura que posibilite "una" resignificación de lo pasado.
Pero los rasgos antes mencionados fueron interpelados desde los inicios del magisterio, la figura del apostolado convivió con docentes que realizaban huelgas a fines del siglo XIX. Por ese tiempo, los docentes formulaban reiteradas peticiones en las que planteaban estar en el límite de la subsistencia, los sueldos llegaban a retrasarse entre 6 y 8 meses (y en ocasiones, aún más). Otros docentes abogaban por tener un mayor control de la profesión.
Lejos de aproximarnos a un discurso monolítico, nos encontramos con la coexistencia conflictiva (la mayor parte de las veces) de distintos sentidos.

Los docentes: ¿apóstoles, trabajadores, misioneros, profesionales de la educación? Sin ser categorías excluyentes han coexistido y coexisten como rasgos identificatorios de los maestros. Han variado (y no tanto) a través de los tiempos y posicionamientos, pero nunca han sido (ni son) ingenuos.

Este escrito fue al encuentro de algunos rasgos iniciáticos en la constitución del magisterio, pero también en la búsqueda se hallaron posiciones que los interrogaban. El saldo nos muestra que podemos pensar a la docencia y a los docentes en términos de diversidad y multiplicidad, y no en singular, como bloque homogéneo. La generalización puede omitir matices y silenciar diferencias.
En escritos siguientes profundizaremos los atravesamientos de género en el trabajo docente. El trabajo de enseñar y las dinámicas de género se tejieron de un modo muy particular desde su configuración inicial. Seguiremos historizando.


Ventana sobre la memoria (II)
¿Un refugio?
¿Una barriga?
¿Un abrigo para esconderte cuando te ahoga
la lluvia, o te parte el frío, o te voltea el viento?
¿Tenemos un espléndido pasado por delante?
Para los navegantes con ganas de viento, la
Memoria es un puerto de partida
(Galeano)


Por Maria José Sabelli

 
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