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"La paz no puede consistir tan sólo en la ausencia de un conflicto armado sino que supone principalmente un proceso de progreso, justicia y respeto mutuo entre los pueblos, concebido para afirmar la construcción de una sociedad internacional en la que todos puedan hallar su verdadero lugar y disfrutar de su parte de los recursos intelectuales y materiales del mundo." UNESCO (1974). Esta definición nos puede proporcionar el punto de partida para reflexionar acerca de cuál será el concepto de paz que guiará nuestro proyecto educativo.
LA PAZ NO SE AGOTA EN LA AUSENCIA DE GUERRA.
Si preguntamos a los chicos que ingresan a la EGB acerca de sus ideas sobre la guerra y la paz encontraremos que tienen imágenes muy claras de la primera pero confusas y vagas sobre la
segunda, tan vagas que es muy probable que sean incapaces de describirlas o de dar ejemplos. Han visto en noticieros y películas muchas escenas de batallas o situaciones conexas a las guerras y esta situación los predispone a representarse la paz como "ausencia de guerra". Esto no difiere en gran medida del concepto que la sociedad occidental, en general, ha construido a partir de una larga tradición cultural. Justamente el sentido que los romanos daban a la paz, y que hemos heredado, estaba construido en oposición al concepto de guerra. Si ésta era una situación de violencia interior (dentro del imperio) o exterior (contra otro reino), la paz era la ausencia de violencia o el período comprendido entre dos situaciones violentas. El eje conceptual de peso, entonces, era la guerra y el aparato militar que permite ganarla o imponer la ley y el orden en el interior de los estados o entre estados rivales. La imagen de la Paz queda conceptual-mente desdibujada, o se limita a ser representada ingenuamente (quietud, blancas palomas, imágenes bucólicas); es un gran vacío. Vacío de gestos heroicos, vacío de aventuras y conquistas; también es un vacío en los libros de historia1. Es entendida sólo como un tiempo de espera hasta que se "produzcan hechos importantes" que, rompiendo la monotonía, nos permitan reencontrarnos con el espíritu agonístico, competitivo, cantado por los poetas y que conduce a la gloria a los vencedores. Debemos hacer una crítica ideológica sobre nuestro propio concepto de PAZ antes de emprender un proyecto educativo con este objetivo, para no repetir "lugares comunes" o se nos filtren contradicciones, avalados por una tradición que legitima el uso de la fuerza en la búsqueda de los objetivos personales o comunitarios.
LA PAZ NO PUEDE LIMITARSE A PAZ INTERIOR.
'Estar en paz', 'dormir con la conciencia tranquila', etc., son expresiones comunes dentro del lenguaje cotidiano para expresar ese peculiar estado interior de calma, de no remordimiento por ningún acto, de equilibrio, de propia conformidad con los fines logrados por el sujeto hasta ese momento. Es lo que llamamos paz interior. Los griegos (s. III a.C.) en estos casos hablaban de ataraxia, un estado de imperturbalilidad que permitía el reposo, libre de dolores y temores; un estado de paz interior propia del hombre sabio que prescinde de los negocios, de las riquezas y los honores porque sabe que en ellos no consiste el objetivo de la vida humana. Alcanzando esta paz interior se entendía que el hombre era verdaderamente libre. Es importante no separar este concepto de 'paz interior' del contexto sociopolítico en que fue gestado para comprender el peligro que significa confundirlo con el concepto de paz que queremos delimitar. No olvidemos que el lenguaje tiene su historia, empieza siendo una interpretación de las experiencias vividas por otros para ser un condicionante de nuestras apropiaciones del mundo y de nuestro modo de actuar. Hagamos un poco de historia para compren¬der la carga cultural que este concepto tiene: En Atenas, a fines del 322 a. C., se le qui¬tan los derechos políticos (por ejemplo, parti¬cipar en las Asambleas) a los ciudadanos que no poseyeran 2000 dracmas. Es el fin de la de¬mocracia, ya que pocos se habían enriquecido y muchos (artesanos, pequeños propietarios y mercaderes) se habían pauperizado. En el período comprendido entre el 307 a.C. y el 261 a.C. se sucedieron 46 años de guerras y motines, el gobierno cambió siete ve¬ces de manos, cuatro veces gobernaron príncipes extranjeros y Atenas sufrió cuatro sitios. Aumentó el desempleo y el pillaje, los desocu¬pados debían emigrar y su opción era sumarse a las bandas de mercenarios. La miseria económica acompañó al desastre político.2 Es en medio de este cuadro social, moral y político que la filosofía (Epicúreos y Estoicos) propone la 'paz interior' como objetivo del hombre sabio, como salvación y felicidad individual en un mundo en que los valores sociales (justicia, virtud) se habían perdido. Y estos postulados reaparecen cada vez que la situación social enfrenta nuevamente épocas de crisis profunda como la actual. Se disfrazan con nuevos ropajes, con nuevo vocabulario, con diversas estéticas y nuevos métodos de propaganda, pero siempre el mensaje es el mismo: Encerrémonos en nosotros mismos o en el círculo de familiares y amigos; nada se puede hacer por cambiar el mundo. En la historieta se muestra cómo muchos de los libros llamados de autoayuda son escritos en esta sintonía. En épocas de desconcierto e injusticia se intensifican los mensajes que invitan a no intentar modificar el status quo, que señalan que el objetivo de la vida humana se encuentra sólo en su propio interior; independientemente de las vicisitudes del mundo, o en la 'otra vida' porque ésta es sólo un valle de lágrimas que nos prepara para recibir 'la recompensa' posteriormente. Así se justifica la explotación, la persecución, la injusticia en el tiempo limitado de la vida humana, pues en la otra se premiará el sufrimiento.  Se nos ofrece la alternativa del cosmopolitismo ya que ser "ciudadano del mundo" no nos compromete con el destino de ningún país; el planeta Tierra, la comunidad humana, son conceptos excesivamente amplios como para generar sentimientos de pertenencia firmes que nos exijan un compromiso político. Porque, en definitiva, esas religiones que nos invitan a dejar las soluciones de los problemas terrestres para la vida eterna, esas filosofías que nos impulsan al individualismo (cada uno busca la realización de sus propios fines independientemente de la sociedad en la que vive), al escepticismo (que supone que nada cambia, que nada es posible, que nada vale la pena), al cosmopolitismo (que genera desapego, apolitización) son los mejores aliados de las estructuras dominantes de poder. No olvidemos que quienes nos ofrecen la 'paz interior' como forma de ejercicio de la libertad ocultan que no hay libertad si no es entre otros seres libres en un mundo libre. Es imposible aspirar al ejercicio de la libertad sin una convivencia en paz y es imposible la paz sin justicia, sin las necesidades básicas satisfechas, necesidades que nunca pueden ser entendidas como un plato de comida.
LA PAZ ES AUSENCIA DE VIOLENCIA.
Generalmente, se identifica a la violencia con la violencia física, o sea, la lucha armada o la agresión evidente. En el mismo sentido se considera que se vive en 'paz' cuando estamos en ausencia de dichas situaciones violentas. Pero esta ausencia suele encubrir diversas formas de violencia aceptadas o perpetuadas acrí-ticamente por las sociedades. En este contexto es que muchos aceptan como estrategia para lograr los propios intereses la 'paz armada' o la llamada 'guerra pacífica' (por ejemplo, sanciones económicas a otros países) desconociendo el grado de hostilidad y de injusticia que se ejerce en estas acciones que representan el ejercicio arbitrario de poder de un estado sobre otro. Doblemente violento, porque son demostraciones de poder y además de un poder arbitrario, en tanto recae sobre algunos y no sobre otros dependiendo de las transacciones comerciales entre esos países o la fuerza de sus aliados. Aceptar la guerra pacífica como solución pacífica de los conflictos porque 'mantiene la paz' es aceptar la violencia encubierta como solución de los conflictos y, además, creer que así los conflictos se resuelven. La violencia tiene muchas caras. Hablamos ' de violencia estructural cuando las condiciones de vida determinan de tal forma a las personas que sus realizaciones afectivas, mentales y productivas están por debajo de sus realizaciones potenciales. Hace referencia al mismo concepto que los marxistas sostenían cuando aseguraban que el hombre vivía alienado aunque le pagasen un salario justo. La alienación no se elimina sólo con la paga adecuada sino que se produce cuando la persona no se auto realiza en su trabajo, cuando no se le da la oportunidad o no se le permite desarrollar sus capacidades. Esta falta de satisfacción provoca una pérdida de la autoestima y un debilitamiento del yo. Cuando la imposibilidad de desarrollo es externa al sujeto y los obstáculos no pueden ser salvados a pesar del esfuerzo personal, hablamos de violencia estructural o de injusticia social. La pobreza, la represión, la falta de fuentes de trabajo provocan la pérdida de la dignidad de las personas y de los grupos; así toda forma de marginación y discriminación es expresión de la violencia estructural y termina generando violencia física, ya sea aumento de las conductas asocíales y delictivas tanto como movimientos de insurrección, más o menos organizados, frente a los grupos que detentan el poder (por ejemplo el movimiento de los Sin Tierra). Otra forma encubierta de violencia es la llamada violencia simbólica:'* el que ejerce el poder impone significaciones e interpretaciones como únicas legítimas, o clasifica y discrimina a partir de estereotipos, etc. y lo logra disimulando las relaciones de fuerza en que se funda su propio poder. Este tipo de violencia genera conductas adaptativas y sujetos con poca capacidad para analizar, criticar y, por lo tanto, modificar las estructuras sociales o políticas o económicas que les impiden alterar esas relaciones de poder. Por ejemplo, cuando desde los centros de poder internacional nos "explican" cuál es el camino del progreso y los países en desarrollo "nos creemos" su diagnóstico y sus soluciones, nos adaptamos a una interpretación del mundo única que ayuda a mantener el sistema sin cambios. Del mismo modo, en la escuela, hay violencia simbólica cuando desde la posición privilegiada del maestro se legitiman situaciones de discriminación (por ejemplo: las mujeres no son buenas para las ciencias) o se convalidan conductas (por ejemplo: se castiga severamente cuando un varón golpea a una nena pero no cuando se golpean dos varones) que ocultan la complejidad de la sociedad y las relaciones de poder que la atraviesan. Estos tipos de violencia se oponen al concepto de paz porque produce falta de reciprocidad en las relaciones, ausencia de respeto mutuo y desigualdad de oportunidades para lograr el desarrollo personal, grupal o nacional.
LA PAZ ES IMPOSIBLE PORQUE LA VIOLENCIA FORMA PARTE DE LA NATURALEZA HUMANA. Cuando apelamos al concepto de naturaleza en cualquier argumentación ética, social o política estamos recurriendo a los paradigmas de comprensión del mundo físico, buscamos entonces estabilidad, previsibilidad y determinismo. Podemos descubrir sus leyes pero no somos responsables de sus consecuencias. Sin embargo, la paz es una forma posible de la interrelación humana; es un trabajo en el mismo sentido en que decimos del amor y la amistad, porque requieren de un esfuerzo para poder construirlos y sostenerlos en el tiempo, de inteligencia para resolver las dificultades que se presentan, de capacidad para ponerse en el punto de vista del otro. Ni la paz ni la violencia son determinaciones biológicas.
En gran medida, la afirmación se debe a un uso ambiguo de la palabra "agresión". El famoso etólogo Konrad Lorenz la definía como un impulso biológicamente adaptativo (por lo tanto innato, natural) que sirve para la supervivencia del individuo y de la especie. Este impulso agresivo nos permite defendernos de un atacante (animal o persona) en el afán de salvar la vida, también guían al cazador en búsqueda de su alimento, al alpinista para seguir adelante, al vendedor "agresivo" para lograr aumentar sus ventas, colabora en el mecanismo de la sexualidad para su consumación, le da la energía al hachero a cortar el árbol, etc. Entonces, ¿si la agresión es innata, todas las formas de violencia también lo son? Contestar afirmativamente provendría del error de incluir en el término 'agresión' toda forma de destrucción y crueldad. Este tipo de razonamiento acepta el postulado de Lorenz que considera a la agresión como impulso biológico, y afirma por extensión que todas las formas de violencia son naturales. Se desprecia la diferencia entre las formas benignas de la agresión y las múltiples formas que elabora la destructividad humana; y olvida que la destructividad "no está programada filo-genéticamente y no es biológicamente adaptativa; no tiene ninguna finalidad y su satisfacción es placentera".5 El hombre puede matar "por resguardar su honor y buen nombre", o "por obtener reconocimiento social", hechos que carecen de toda finalidad biológica. No olvidemos que Lorenz basó sus estudios en la observación de animales y sólo estableció analogías con el comportamiento humano basadas en su introspección, en comentarios de personas conocidas sobre su conducta, etc., pero estas conclusiones no fueron confirmadas por ningún tipo de estudio sistemático. A pesar de ello, su libro Sobre la agresión: el pretendido mal, tuvo un enorme éxito e influyó sobre otros estudiosos que intentaron también justificar la violencia humana como parte de la naturaleza y, por lo tanto, de carácter inevitable. Sin embargo, por mucho que buscaron, no pudieron encontrar ejemplos entre los primates (nuestros parientes cercanos) de asesinatos, torturas, sadismo, o destrucción en masa. Sin embargo, otros psicólogos de la conducta (Bandura, 1963/ Montagú, 1976) afirmaron a partir de experimentos que toda conducta humana es aprendida y que, por lo tanto, la violencia se aprende. Se comprobó que un chico colocado como observador de un adulto que golpeaba, sacudía, pateaba a un muñeco, se sentaba sobre él, le pegaba puñetazos, etc. y acompañaba sus gestos con expresiones verbales como las siguientes: ¡Dale en la nariz!, ¡Patéalo!, tendía a imitar esta conducta, tanto en presencia como en ausencia del modelo, aunque no mediara ningún premio o aliciente específico. Cuando se reitaron los experimentos pero se usaron como modelo agresivo una película del modelo humano agrediendo al muñeco y otra película con las mismas conductas agresivas pero realizadas por unos dibujos animados, se comprobó que estos modelos simbólicos estimulaban más conductas agresivas que el modelo vivo. En cualquiera de los casos, los sujetos que veían a un modelo premiado aprendían mejor dicha conducta.^ Recordemos cómo nuestra sociedad asocia la guerra con el culto al héroe, con el podio para el vencedor, las medallas después de la batalla, con imágenes de aventura, atrevimiento, actividad, energía y fortaleza. Éstas son formas de refuerzo positivo de la conducta agresiva, mientras que el que no lucha aparece como cobarde, timorato, débil; se justifica, entonces, que los niños (y muchos de los adultos) tengan una idea positiva de la guerra (a pesar de no desconocer que puede conducir a la muerte) y aprendan conductas violentas. Largamente, la sociedad se ha refugiado en el concepto de 'naturaleza' para no sentirse responsable por la destrucción humana. Los estudios psicológicos de las últimas décadas muestran, en cambio, que las conductas dependen del aprendizaje social. Es una responsabilidad más para los padres y educadores pero también es un estímulo para confiar que tantos esfuerzos nos permitirán formar una sociedad más justa y menos violenta.
Construyamos provisionalmente un concepto positivo de PAZ sobre la base del análisis que acabamos de realizar:
• La paz no es un problema de los estados sino que afecta tanto a la dimensión personal, grupal, nacional e internacional.
• La paz es imposible sino se da, simultáneamente, desarrollo social, libertad política y ejercicio de los derechos humanos.
• La paz sólo es posible en una estructura social justa y con reducida violencia (tanto la ausencia absoluta de violencia como el ejercicio completo de justicia es una utopía, o sea metas orientativas de la conducta).
• La paz exige igualdad de oportunidades y reciprocidad en las interrelaciones.
• La paz (al igual que la violencia) se aprende.
Por Patricia A. La Porta Extraído de revista “La Obra” nº 945 pág 62 |