La transmisión oral de la cultura.
Experiencias de Aula

En nuestros Talleres de Cultura Aborigen, son los mismos aborígenes, capacitados didáctica y pedagógicamente, los encargados de transmitir sus legados milenarios en forma oral. Esta orali-dad, abarca toda sus existencia: sus historias, sus estilos comunicativos, sus.costumbres, sus culturas en general. Por otro lado, les permite el enriquecimiento y mantenimiento de sus filosofía de vida y además, les posibilita recordar - recrear - mantener viva la historia de sus pueblos.

La oralidad, es el medio que les permite avanzar en el rescate y preservación de sus identidades y culturas, por eso, al seleccionar la fuente (el aborigen en nuestro caso), es necesario previamente establecer la verdad o falsedad de los "testimonios" a transmitir. Mas allá de distinguir entre fantasía o realidad en la interpretación de la historia, la tradición oral demanda acabado conocimiento y experiencia de vida propias de quien "ha vivido" o "pertenece a una comunidad", para poder transmitir fehacientemente y con autoridad, su mensaje. La necesidad del conocimiento del medio en que se desarrollan las tradiciones precisa recaudos propios esenciales, entre ellos elección de temas, veracidad en la fuente, precisión en la transmisión.

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En la antigüedad, el hábito de aplicar sanciones o de otorgar recompensas está ligado a la intervención de las autoridades que establecían un control estrictísimo y sistemático para asegurar la reproducción de testimonios, por ejemplo, en la Polinesio, las sanciones rituales se aplicaban a los que denotaban un conocimiento insuficiente de las tradiciones.

La tradición oral relaciona al hombre con sus semejantes durante toda su existencia, en el uso común de la palabra. Esta relación tiene el carácter de una comunicación directa y personal: nos acordamos aquí, cómo la historia de América del sur se escribe desde la llegada de Francisco Pizarro y otros: los conquistadores llevaban como símbolos de civilización y poder la espada, la cruz y la Biblia para la conquista de la región andina del Perú; al entrevistarse con el Inca, Pizzarro le ofrece la Biblia; Atahualpa, desconcertado, atina a colocar este extraño objeto junto a su oreja para escuchar la Palabra de Dios, lo abre, lo hojea, pero al no comprender los códigos de escritura ni el propósito del objeto, lo arroja al suelo...

Entre los aborígenes, los abuelos y abuelas -culturalmente más sólidos- son los encargados de transmitir cuidadosamente sus conocimientos, poseen el tesoro de la palabra oral y se valen de él, para transmitirle a sus niños, lo que llevan en la mente y en el corazón.
De la rica vertiente de la tradición oral se desprende la "literatura oral" que, aunque negada por algunos, es distinta a la literatura escrita, ya que tiene sus propias leyes desde el momento que la creación es colectiva.

Entre los productos artísticos del Taller de Narración Oral que condujo el maestro Francisco Garzón en la Universidad Central de Venezuela, descubrimos esta declaración, publicada en un periódico de México, en agosto de 1986.


Declaración universal de los derechos del niño a escuchar cuentos

1. Todo niño sin distinción de raza, idioma o religión, tiene el derecho a escuchar los más hermosos cuentos de la tradición oral, especialmente aquellos que estimulen su imaginación y su capacidad crítica.
2. Todo niño tiene derecho a exigir que sus padres les cuenten cuentos a cualquier hora del día. Aquellos padres que sean sorprendidos negándose a contar un cuento a un niño, no sólo incurren en un grave delito de omisión culposa, sino que se están autocondenando a que su hijo jamás le vuelva a pedir otro cuento.
J. Todo niño que por una u otra razón no tenga a nadie que le cuente cuentos, tiene absoluto derecho a pedirle al adulto de su preferencia que se los cuente, siempre y cuando éste demuestre que lo hace con amor y ternura, que es como se cuentan los cuentos.
4. Todo niño tiene derecho a escuchar cuentos sentado en las rodillas de sus abuelos. Aquellos niños que tengan vivos a sus cuatro abuelos podrán cederlos a otros niños que por diversas razones no tengan abuelos que les cuenten del mismo modo, aquellos abuelos que carezcan de nietos están en libertad de acudir a escuelas, parques y otros lugares de concentración infantil en donde, con entera libertad, podrán contar cuántos cuentos quieran.
5. Todo niño está en el derecho de saber quienes fueron José Martí, Hans Christian Andersen. Las personas adultas están en la obligación de poner al alcance de los niños todos los libros, cuentos y poesías de estos autores.
6. Todo niño goza del derecho a conocer las fábulas, mitos y leyendas de la tradición oral de su país, así como de toda aquella literatura creada por los pueblos latinoamericanos y del resto del mundo.
7. El niño también tiene derecho a inventar y contar sus propios cuentos, así a modificar los ya existentes, creando su propia versión. En aquellos casos de niños muy influenciados por la televisión, sus padres están en la obligación de descontaminarlos conduciéndolos por los caminos de la imaginación, de la mano de un buen libro de cuentos infantiles.
8. El niño tiene derecho a exigir cuentos nuevos. Los adultos están en la obligación de nutrirse permanentemente de nuevos e imaginativos relatos, propios o no, con o sin reyes, largos o cortos; lo único obligatorio es que estos sean hermosos e interesantes.
9. El niño siempre tiene derecho a pedir otro cuento y a pedir que le cuenten un millón de veces el mismo cuento.
10. Todo niño, por último, tiene derecho a crecer acompañado de las aventuras de "Tío tigre y tío conejo", de aquel caballo que era bien bonito, de la barra del viejo lucho, del colorín colorado de los cuentos y del inmortal "Había una vez...", palabras mágicas que abren las puertas de la imaginación en la ruta hacia los sueños más hermosos de la niñez.


Como típica expresión de la transmisión oral, producto de la cultura aymara, reproducimos la siguiente leyenda norteña.


Los gritos de los loros y de los guacamayos

"Hace muchísimos años, antes que los españoles llegaran a estas tierras, los indígenas que habitaban en las regiones próximas a los bosques del norte pertenecían a razas menos civilizadas que las que vivían en el Cuzco, en el Perú, y estaban gobernados por los incas, los emperadores que creían ser descendientes del Sol. Estos indígenas eran los quichuas, que habían llegado a un grado de adelanto muy grande, sólo comparable en América, con la civilización de los Aztecas en México.
Los enviados de los Incas, por su parte, hablaban su propia lengua, el quichua, y tuvieron que realizar grandes esfuerzos para llegar a entenderse con los naturales.
Esos loros y guacamayos, que por su condición de animales domésticos ocupaban un lugar en las cabanas, asistían a las lecciones impartidas por los quichuas a sus dueños, aprendiendo ellos al mismo tiempo y gracias a las sucesivas repeticiones, el nuevo idioma usado por los extranjeros.
Esta adquisición dio a los loros y guacamayos la creencia de su superioridad sobre sus hermanos de la selva y trataron en toda forma de ponerla en evidencia. Para ello hacían sus escapadas al bosque donde eran muy bien recibidos por los que allí vivían en abundancia. Bien recibidos y muy agasajados al llegar; no así cuando los visitantes, haciendo alarde de su sabiduría, les hablaban en quichua, haciendo alarde de su sabiduría les hablaban en quichua, lengua que los de la selva no habían oído jamás. Entonces la cordialidad terminaba. Era el momento en que estos últimos, corrigiendo a los visitantes, empleaban su propia lengua en un tono más alto, tratando de imponerse por la potencia de su voz, ya que carecían de razón. No se amilanaban los recién llegados ante ese despliegue de energía, ellos, por su parte, levantaban más aún la suya, con el mismo fin.
Dando pruebas de su falta de inteligencia, ninguno de los dos grupos cedía, de manera que, pasado algunos instantes, aquello que era una algarabía de gritos ininteligibles, cada vez más intensos y destemplados, que convertían la amistosa visita en el más original y singular de los torneos.
Estos torneos recién terminaban cuando los visitantes, cargados con toda su sabiduría y presunción, emprendían el regreso a sus respectivas viviendas. Desde entonces, según cuenta esta antigua leyenda, loros y guacamayos, no se han puesto de acuerdo, todavía en sus discusiones.
Por esto en los bosques, donde se hallar en abundancia, se sigue oyendo esa confusión de gritos estridentes con que, a falta de razón y de entendimiento, cada uno quiere imponerse a los demás".

Por Nelly Bogado

 
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